Ago 23, 2017
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R5

Escrito por

Estaba tan molesta después del último encuentro, que había descartado a R como una experiencia sexual más. No valía la pena arriesgarse tanto, sin embargo, algo en mí esperaba que la cólera terminara pronto.

Mi deseo por conocerlo en la cama era más fuerte que mi orgullo, así que acepté su disculpa, y le di crédito a su error.
Él por su parte le dio like a una canción que posteé en mi muro de Facebook, Sin Bandera era el grupo que la cantaba, titulada “En esta no”, era esa su forma de suavizarme. Fue insistente en el hecho que debíamos encontrarnos para arreglar las cosas.
Se me pasó la cólera en la semana, así que aproveche un día de trámites, responsabilidades de mi trabajo.
Cité a R, para matar dos pájaros de un solo tiro o, lo que es mejor, para enterrar su pájaro en mi nido.
Siempre tiene que haber algo productivo de por medio, para poder disfrutar el premio. En este caso, era la satisfacción de mis inquietudes sexuales.
Nos texteamos días antes, tenía que organizarme para nuestro primer encuentro.
Siempre que salgo de casa me gusta vestirme bien, eso incluye las tangas, si las llevo o no, al igual que los brasieres; vestido, zapatos, cartera, pendientes, collares, peinado, todo el outfit completo.
En lo que menos me preocupo es en el maquillaje, a lo mucho me pinto los labios, por costumbre y por herencia.
Mi madre tampoco se maquilla, dice “que no hay mejor brillo que un rostro libre”. Por su parte mi padre dice “que la hermosura de una mujer está en todos su gestos” y cuando tienen maquillaje parece ocultarlo, como los maniquís. Y de mi parte no tengo paciencia ni tiempo para estar en el espejo.
Así que aliste todo un día antes, incluso envié una foto en lencería a mi mejor amigo para tener una segunda opinión de lo bien que me veía.


Mi primer compromiso era un poco más formal, luego tendría que ir a trabajar, el vestido de repuesto que alisté era más sencillo.
Era más de medio día, no almorcé por ver a R.
Nuestro punto de encuentro era el Hotel Jacuzzi, entre la avenida Arequipa y Arenales , el primer hotel que había pisado en mi vida.
Aún recuerdo ese día tenía 22 años, era una niña, con mucha vergüenza ingresé al hotel, mientras mi primer hombre me llevaba tiernamente de la mano. No pude ser suya en ese momento, no era mi lugar favorito para que me desvirguen, así que él me acarició, apreció todo mi cuerpo y fue paciente.
Si hubiera tenido un velo seguramente entraba tapándome la cara. Sonrío al escribir esto. Era una ñoña.
Pero esta vez, entraba toda hecha una mujer, decidida a cogerme a mi mejor amigo y sin vergüenza, incluso sin escrúpulos.
Bajé del taxi, con mi vestido vino entallado, unos zapatos estiletos color ‘nude’, mi cartera beige y mis lentes de sol al estilo aviador.
Caminé hacia el hotel meneando mis caderas, con la espalda recta, sacando la cola, toda espigada, entre piropos de los hombres que pasaban a mi lado, miradas de deseo de los taxistas estacionados esperando que cambie la luz roja. Había divisado a R una cuadra antes, que parecía esconderse detrás de un camión de leche gloria. Mirándome y escribiendo al mismo tiempo en el celular.
Me llegó un mensaje, R me escribía diciendo que lo espere en el lobby del hotel, que se estaba yendo a comprar los condones.
Le respondí. Apúrate ¡baboso!, eso debiste haberlo comprado antes.
¿Acaso habrá pensado que no vendría?, me pregunté.
Me daban cólera y risa al mismo tiempo sus acciones.
R se había dado su escapada del trabajo, él era asesor comercial del banco Scotiabank, manejaba su propio horario, llevaba con él un folio de documentos, agenda y varios papeles.
Tenía puesto unos pantalones clásicos de sastre, algo gastado y un chaleco negro impermeable sobre su camisa blanca, “ya no tan blanca”, y los zapatos a medio lustrar; de hecho, era todo un asesor.
Me senté impaciente en el sillón floreado del hotel, seguía siendo el mismo desde hace siete años. Pensando tal vez que este pendejo me dejaría varada ahí, tan solo por joder, pero al rato entro al hotel.
Esperé que pague la habitación, y me apresure a su lado, para subir al ascensor. No nos dijimos ni hola, no nos besamos, ni hablamos, nos mirábamos de reojo. Yo tenía una sonrisa nerviosa.
Lo qué hace más fácil las cosas es que R no es muy observador, y no se da cuenta de mis gestos o ademanes que haga por un estrés situacional.
Éramos extraños, o tal vez su extrema frialdad me cohibía un poco.
Bajamos del ascensor, cada uno buscaba el número de cuarto como los perritos buscan ese lugar especial para orinar.
Aquí es, dijo R.
En la habitación, le dije: bueno ya estamos aquí, ¡sácate todo! Quiero verte completito y calatito.
Mientras yo dejaba mi cartera en la mesita de madera brillosa, que venía con dos vasos y un cenicero, como si los amantes fueran a platicar, como cuentan las novelas.
Él se acercó por detrás, me cogió de la cintura, pego mi espalda y mi culo hacia su pito y susurro: ¡Estoy bien arrecho!
Su aliento acarició mi nuca haciéndome vibrar las neuronas, sentí tibiamente cómo se humedecía mi vagina.
Aflojó sus zapatos. Se desabotonó la camisa, quedo con bvd gastadito y percudido, que por alguna razón me causó ternura.
Al sacarse el pantalón dijo: ¡ya estoy!, ya me saque todo.
Reí con eso.
Mi amigo, estaba completamente desnudo, con sus piernas velludas, gordas y esa panza peculiar de papá.
Me mordí los labios.
Él me gustaba mucho.
Saqué con delicadeza mis pendientes, el collar, me deshice del vestido y lo dejé al lado del velador.
Él se acercó hasta dónde deje el vestido, lo cogió cuidadosamente y lo llevo al tocador diciendo “no le vaya a caer gotitas”.
Yo sonreí, una vez más. Me gustó que haga eso.
Terminé por sacarme los zapatos y la lencería de ‘animal print’.
Me acerque a él para chuparle el pene, esta vez quería saborearlo bien, metérmelo lo más profundo que podía, ahogarme, atragantarme y desesperarme.
R lo tenía grueso, cabezón y carnoso.
Me senté al borde de la cama y R se paró frente a mí, la tenía dura y bien parada, se la agarre firme y me lo metí a la boca.
Se la chupe de arriba hacia abajo, con paciencia y con apuro, saboreando su piel, sus fluidos, sus venas.
Luego me tumbo a la cama, puso su miembro en toda mi cara, me lo volvió a meter a la boca, hizo un mete y saca suave en la pose de niñera.
Seguí chupando su camote y baje a lamerle las bolas, cuando las succioné dijo: ¡uy que rico!
Se la seguí chupando, bañándolo de mi saliva.
Mi cuerpo estaba caliente, conozco mi arrechura al sentirme así, no aguanté más y dije: ¡métemela!
Entre broma el respondió: ¿así no más?
Me reí.
¡No, loquillo!, ponte rápido el condón, yo no sé colocar esas cosas.
Se colocó el condón y me la zampó.
Yo estaba hecha un pequeño lago, sentí claramente como mi vagina se abría más allá de lo acostumbrado y abrazaba esta nueva forma.
El empezó a moverse bruscamente, a metérmela con fuerza y rapidez, haciendo que la penetración sea dolorosa.
Él era todo un turboman.
Mis gritos eran de dolor y placer.
Hace mucho que no gritaba así, totalmente descontrolada.
Me gustaba su furia. Parecía castigarme, me tomó sin piedad, sin respeto, sin miedo.
Decidí colaborar, y me puse en posición de arañita y me meneé un poco.
Mi papi chulo se vino.
Sólo habían pasado cinco minutos, no era justo.
¿Qué, ya?, le dije.
Sí, mami, es que estoy bien arrecho.
Ok. Recupérate para el segundo ‘round’.
Se acostó en la cama a respirar, estaba hecho mares, el sudor le chorreaba las patillas y su frente necesitaba un parabrisas.
Cuando ya se sintió recuperado, se levantó y ambos nos dimos cuenta de la almohada mojada.
Comenzó a reírse.
La almohada tenía una gota invertida de todo su sudor.
Su risa era aguda. Fue al baño a tirar el condón. De regreso yo estaba tirada descansando. ¿Te recuperas pronto, no?, le dije. Porque aún tengo ganas. Sí, mami, espérate un ratito, claro pues, sí tú no has hecho nada. Me reí diciendo te dejo ser y así lo has querido tú.
Quedamos en silencio por unos minutos.
Luego empecé a tocarle nuevamente el pene hasta dejarlo bien parado.
Para que descanse un poco más, preferí montarme yo y clavarme en su tronco.
Me moví suave, lento, en redondito y como loca.
Pero él no me miraba, menuda peculiaridad.
Cuando vi su rostro, cerrando los ojos. Pensé: tal vez en el fondo no quiere estar aquí o simplemente es su forma de evitar venirse rápido.
Estaba acostumbrada al contacto físico, visual y emocional.
Quizás él era un androide.
El único lugar dónde me dejo dominar es en la cama. Quien logra despertar mi masoquismo, tiene mi completo permiso para hacerme lo que quiera en ese momento.
Sin embargo R no miraba, y sin contacto no había tanto goce.
Yo lo miraba y él estaba cerrando los ojos en todo momento, parecía estar y no estar ahí.
Algo en mí hizo ¡crash! , pero no lo quise arruinar, así que me concentré en su penetración intensa, y en el mero dolor.
Sentimiento al fin y al cabo.
Luego dejé que R tome la batuta.
Me colocó en pose de perrito, mientras yo miraba nuestra imagen en el espejo, y disfrutaba la escena.
Me daba de alma, cada movimiento sonaba un ¡clac! ¡clac! del roce de nuestra piel, jalaba mi cadera hacia su pelvis seductora con una fuerza magistral.
Mientras yo replicaba ¡sí! Dame así, papi. ¡Qué rico!¡Au, Carajo! Sigue, sigue… me gusta.
Nos cansamos y bajamos hacia el espejo.
Coloco mis manos sobre el helado vidrio, pospuso las suyas, me acomodo bien, y bajó sus manos a cogerme las caderas.
Empezó a penetrarme duro y parejo. Mi jadeo empañaba el espejo. Me cogía por ratos las tetas y mordía mi espalada. Y se vino una vez más.
Luego se quitó el condón con su semen y se fue al lavadero, yo fui detrás para verlo, R se lavaba desesperado.
¡Tranquilo! No tengo bichos.
No es eso, siempre soy así.
Me reí.
¿Tú no te vas a lavar?
Sí, me quiero bañar pero no hay toallas.
Pero llamo y las traen.
Oki.
Y estuvimos parados, yo en la puerta del baño y él detrás de la puerta del cuarto, esperando las toallas, sin hablar de nada.
Realmente éramos extraños.
Luego de bañarme fui a tirarme a la cama, nos echamos de forma horizontal a un metro de distancia.
Yo lo observaba, mientras el veía el techo y preguntaba por la fecha. Mencionó que era el día del mes de su hijo. Yo no decía nada, sólo lo miraba y sonreía.
Bien reilona eres, no?, dijo con tono suave.
Me río cuando estoy nerviosa y cuando no tengo nada que hacer. ¿Quién diría que nos encontraríamos en esta situación, no?
Y él dijo ¿ahora dónde está tu cartita?. En son de burla.
Eso sí que me jodió un poco, porque mi carta era especial, era su carta, era parte de su corazón y parte de su inocencia, era nuestra carta de mejores amigos de hace quince años.
Pero, ¿qué sabía R ahora de inocencia? Tal vez sólo lo recordaba al ver a su hijo, y ¿quién era yo para juzgarlo? Mi alma libre sólo me permite escuchar y apreciar.
R no era mi amante, era un amigo perdido.
Me hubiera gustado abrazarlo, pero no quise asustarlo, no todas las personas saben recibir cariño. Aprendí a no dárselo a quien no quiere a la mala, pero sirvió, así que me abstengo.
Hablamos de cosas triviales, la hora en la que entraba a trabajar, que haría él después y si tomábamos la misma ruta.
Nos alistamos, me puse mi tanga y el vestido de repuesto, el más holgado.
Mientras bajamos en el ascensor, R me levantó el vestido, y se me veía todo el culo en el espejo.
¡Qué rico! ¿Así no más sales?
Sí, respondí riéndome. Ya déjame oye, ¡te pasas!
¿Habrá cámaras acá?
Ahora sí que me reí con ganas. ¡No sé!, respondí
En lo último que me preocupo es en eso, no?. Se rió.
Sí, papi, te gana la arrechura, pues.
Reímos.
Caminamos hacia la Av. Arequipa y tomamos un colectivo. Yo bajé en Tacna y él continuó a ver a un cliente. Nos despedimos con un simple ¡chao!
Todo estaba consumado.
Las piernas me temblaban al caminar, la entrepierna me dolía y el cansancio me abatía. Todo era grato. Todo había valido la pena.
Era mi primera vez con otro hombre.
Sin amor, sin pasión.
Furor era lo había entre nosotros.

 

Escrito por Ofelia Chávez Enciso

Foto de Carlos Wertheman

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General · Relatos

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